Me llamo

¿Nos lee usted en casa? Sí: continúe leyendo. No: deje este post para otro momento.

¿Quiere iniciarse en la filosofía? Sí: continúe leyendo en una habitación donde pueda hacer algo de ruido sin que se enteren sus vecinos. No: ha sido un placer; vuelva por este blog cuando quiera.

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Ya estamos en la habitación adecuada. Siéntese en el suelo. Guarde silencio.

Antes de empezar, un inciso (“disclaimer”, que se dice ahora por “curarse en salud”). Esta idea no es nuestra. Se la copiamos al filósofo francés Roger-Pol Droit, que ha escrito un libro en el que describe otras 100 por el estilo.1

Vayamos a la tarea: pronuncie su nombre en voz alta. Varias veces. Haga una pausa.

Repita de nuevo su nombre; levante un poco el tono de voz. Como si llamara a una persona que estuviera en la habitación contigua y que no se diera por aludida. Insista. Haga una pausa.

Tercer intento: vuelva a llamarse. Imagine que la persona a la que llama se encuentra esta vez en el extremo opuesto de la casa y sigue sin prestarle atención. Insista.

A estas alturas, es probable que su nombre le parezca una palabra un tanto extraña, por la sencilla razón de que usted nunca se llama a sí mismo. Son los otros quienes le llaman por su nombre. Esa palabra, su propio nombre, no le pertenece a usted, sino a los demás: cuando la oye, de forma automática asume la presencia de otra persona… que ahora no está.

En Materia Prima pensamos que con nuestras ideas sucede algo parecido: cuando las exponemos de viva voz ante otras personas, pasan a ser extrañas. Hasta ahora no habían salido de nuestra cabeza, y allí parecían todas perfectamente organizadas y bien avenidas entre sí.

Sin embargo, sólo cuando las decimos ante otras personas («cuando se van de casa») nuestras ideas se hacen adultas: porque las audiencias las hacen suyas, las adoptan o contradicen, aprecian sus cualidades o arrugan la frente ante sus inconsistencias. Nos toca defenderlas. Y a veces, llamarlas al orden y revisarlas.

Por eso nos parece tan importante conocer las técnicas para hablar en público con un estilo claro y eficaz, que sea un reflejo de la persona que habla: porque es el mejor modo de hacer que nuestras ideas se hagan adultas  y comiencen a valerse por su cuenta y a «funcionar» para el objetivo que imaginamos.

Y ya puede dejar la habitación; pero antes de salir, diga en alta voz: «¡Sí, ya voy!»

  1. Roger-Pol Droit, 101 experiencias de filosofía cotidiana, ed. Blackie Books. ↩︎