El Archivo de Germaine Greer

Fuente: Jim Wilson/The New York Times

Capítulos del libro “Tatiana” de Martín Cruz Smith cuelgan en su oficina. Fuente: Jim Wilson/The New York Times

Lecturas de verano en Materia Prima: Tatiana, (2013) de Martin Cruz Smith. Desde que lo descubrimos con Tiempo de lobos (2004), Cruz Smith forma parte de nuestro particular cuarteto de escritores y escritoras favoritos de novelas policiacas (con Harlan Coben, Lindsey Davis y Alicia Giménez-Bartlett).

Tatiana es la octava novela de la serie protagonizada por el detective ruso Arkady Renko, quien en esta ocasión investiga en Moscú y Kaliningrado el presunto suicidio de Tatiana, una periodista con numerosos enemigos por sus denuncias de casos de corrupción. Un traductor ha sido asesinado tras ofrecer a Tatiana cierta información; una banda mafiosa trata de averiguar el contenido de su libreta de notas, redactada por el intérprete siguiendo un código personal en apariencia ininteligible.

La novela contiene escenas ingeniosas: vigilados por un mafioso, una pareja de jóvenes ajedrecistas parece a punto de descifrar la libreta. El gángster se ofrece a colaborar en la tarea, a condición de que ambos le ayuden a completar el crucigrama con que se entretiene: será él quien dé con una de las claves que permitirán desvelar el significado de las misteriosas notas.

Fuente: Getty Image

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La historia imaginada por Cruz Smith nos ha recordado una noticia que apareció a principios de agosto sobre el archivo de la escritora y teórica feminista Germaine Greer: 500 cajas de documentos que hoy son propiedad de la Universidad de Melbourne. Los archiveros se han encontrado con que una parte considerable de los trabajos de Greer (unos 600 originales; entre ellos, un libro inédito sobre la que fuera primera ministra británica Margaret Thatcher) corren riesgo de resultar tan indescifrables como las notas del traductor imaginado por Cruz Smith: no porque Greer utilizase ningún código secreto para redactarlos, sino porque lo hizo utilizando soportes (cassettes, floppy-disk), programas informáticos y ordenadores (un Mac Powerbook G4 y un iMac G5, que dejaron de fabricarse en 2006) hoy obsoletos.

Un libro puede conservarse durante cientos de años, pero la vida útil de las grabaciones digitales (diskettes, CD, Blu-Ray, memorias USB) se estima en unas pocas décadas. Acceder al contenido de cualquier documento redactado con un procesador de texto de los que se utilizaban en los años 90 del pasado siglo representa un auténtico desafío. Por lo demás, nadie se atreve a aventurar la longevidad de los datos que hoy empresas y particulares guardamos “en la nube”. En el caso de los archivos de Greer, como en la novela de Cruz Smith, los archiveros australianos han recibido la ayuda de un insólito (y éste sí, perfectamente presentable) colaborador: una agrupación de voluntarios aficionados a los videojuegos. Empeñados en salvar del olvido al venerable comecocos y otros fósiles que poblaron los ordenadores durante los años heroicos de la informática, sus miembros se dedican a diseñar complejas herramientas que permiten transferir viejos archivos digitales a formatos reconocibles por los ordenadores actuales.