Bill Cunningham

Creemos que la vestimenta es un aspecto que debe cuidar cualquier persona que se disponga a intervenir en público porque habla por nosotros y nosotras. La camisa con que el doctor Matt Taylor acudió a la conferencia de prensa en que anunció el éxito de la misión Rosetta (noviembre de 2014) demostró que incluso un científico eminente (dirigir con éxito un equipo capaz de colocar un artilugio del tamaño de una lavadora doméstica sobre una roca que viaja por el espacio a 510 millones de kilómetros de distancia de la Tierra no está al alcance de cualquiera) se arriesga a deslucir la intervención más brillante por una elección equivocada.

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De modo que nos gusta, de cuando en cuando, observar qué es lo que se comenta en los medios sobre las tendencias de moda, y en este terreno nuestro fotógrafo favorito era Bill Cunningham, quien nos dejó el pasado junio. Había cumplido 87 años, y desde 1989 publicaba cada semana en el New York Times sus fotografías. Solía acudir a diario a la confluencia de la Quinta Avenida con la calle 57 de Nueva York; retrataba a los transeúntes cuya elegancia en el vestir le llamaba la atención.

Había comenzado su carrera en los años 50 confeccionando sombreros femeninos y trabajando como camarero para subsistir. Con el importe de las propinas, compraba el material necesario para confeccionar los sombreros. Sus clientas debían hacer frente a una estrecha escalera que conducía hasta la habitación alquilada que le servía de vivienda y taller.

Con el tiempo, pasó a ocupar uno de los estudios para artistas del Carnegie Hall. Eran espacios sin cocina, y los inquilinos de cada planta debían utilizar baños comunes. Por allí, entre otros muchos, habían pasado Leonard Bernstein, Lucille Ball o Marlon Brando. En el estudio de Cunningham, la mayor parte del espacio estaba ocupada por archivadores metálicos repletos de fotografías. Un periodista que le visitó en junio de 2011, poco antes de que abandonase el apartamento (el edificio iba a ser objeto de una controvertida remodelación) tituló su artículo: “Bill Cunningham, una vida sin muebles”.

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Semejante ascetismo no era una postura gratuita; Cunningham aspiraba a realizar su propia vocación sin interferencias, a dedicarse a lo que más le gustaba sin que nadie le indicase que debía hacerlo de tal o cual modo. Decía que la libertad cuesta mucho más de obtener que el dinero. Seleccionaba como “modelos” a personas que habían gastado su propio dinero en las prendas que vestían. Según Cunningham, cuando alguien gastaba su propio dinero, compraba prendas que reflejaban su personalidad. A su vez, los improvisados modelos apreciaban las fotografías de Cunningham como imágenes ideales que los mostraban tal como querían ser.